Durante la segunda quincena de julio mis hijos estaban apuntados a un cursillo intensivo de natación. Una hora, de lunes a viernes. Los dos van cada semana a la piscina con su padre y les encanta el agua, pero pensando en la mayor, de 7 años, creíamos que eran necesarias clases de un profesional para mejorar la técnica. En cuanto al pequeño, de 3 y medio, el objetivo era que se diviertiera, básicamente, tal y como hace durante todo el año. Al llegar, nos encontramos que tanto la mayor como el pequeño estaban en el mismo grupo y el planteamiento era similar: hacer piscina tras piscina. Así que con una clase desprovista de una parte lúdica, ya me olí que el peque se cansaría de repetir y repetir lo mismo. Y aunque me sorprendió lo disciplinado que es, a medida que avanzaba la semana y trataban de imponerle hacer cosas para las que no está preparado (que le ocasionó más de un susto) veía que su ilusión por la piscina decaía en picado, llegando incluso al miedo. Y claro, hasta ahí ...